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Un rosa mexicano: Los mitos de la diversidad: ¡Los bisexuales sí existen! |
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Septiembre 25 2011 | Daniel Cortés |
Que somos una sociedad cerrada, todos lo
hemos comprobado alguna vez. A todos nos
han discriminado en alguna ocasión,
porque somos malos en algún deporte,
porque no nos gusta tal o cual programa
de TV, porque comemos tal o cual cosa,
porque escuchamos cierto tipo de música,
porque nos vestimos de alguna manera
específica, porque somos altos, bajitos,
gordos, flacos... En fin, sin temor a
equivocarme, creo que todos nos hemos
sentido así en alguna ocasión, porque
está en la naturaleza humana clasificar
y jerarquizar esas clasificaciones,
pensar en unas como mejores que otras,
pensarnos a nosotros mismos como mejores
que otros.
Esa es la triste y desatinada historia
de la diversidad sexual. Los que la
defendemos, usualmente caemos en la
trampa de Heterolandia (como denomina
Antonio Marquet a la sociedad
heteronormativa dominante), que nos dice
que todo lo que no entra en las
dualidades contrarias está mal, y debe
ser eliminado de alguna forma. Primero
fuimos los homosexuales: nos
calificaron, históricamente, como
pervertidos, desviados, retorcidos y
malignos, ya que nos salíamos de la
clasificación normal de
masculino/femenino.
Con el tiempo hemos demostrado que no
somos un esperpento de la naturaleza (a
diferencia de muchos políticos y altos
jerarcas de la iglesia, que sí lo son),
y logramos colar en el vocabulario de
Heterolandia la palabra “homosexual” o
“gay”. Y entonces la sociedad se dividió
en “heterosexuales” y “homosexuales”,
condenando a todo aquel que no entrara
en esta clasificación, nuevamente, como
una aberración.
Ya he perdido la cuenta de todas las
veces que he escuchado decir a mis
amigos, gays y no gays, que los
bisexuales no existen. Que solo son
homosexuales temerosos, confundidos, que
no se atreven a salir plenamente del
clóset. O heterosexuales mañosos que
solo quieren experimentar y divertirse,
pero bisexuales, como tales, no existen.
O no deberían existir: otras tantas
veces he escuchado frases como “que ya
se decidan” o “para qué se hacen
tontos”.
En estos días, declararse como
públicamente bisexual es casi
equivalente a declararse homosexual hace
30 años. Ellos deben enfrentar toda una
serie de críticas a su estilo de vida, y
son vistos, por muchos, como peor que
los propios homosexuales, que al menos,
“ya están definidos”, y no como los
bisexuales, que lo único que hacen es
confundir a sus parejas andando primero
con hombres y después con mujeres, “¿a
qué juegan?”
Y nosotros, los que supuestamente sí
estamos definidos (ya seamos
homosexuales o heterosexuales), ¿cómo lo
sabemos de cierto? ¿Cómo estamos tan
seguros que no nos gusta “lo otro”?
Lejos de dudar de la existencia de los
bisexuales (como muchos se atreven a
hacer), lo que yo pienso es que todos
somos, en potencia, bisexuales, pero las
etiquetas sociales nos hacen
resistirnos. Los gays podemos pensar
“tanta discriminación sufrida para al
final andar con una mujer/ un hombre”, y
los hetero pueden decir “Uy, no, ni que
fuera yo joto”, porque la virilidad es
lo que más les importa, curiosamente, y
no el placer.
Tal vez si nos dejáramos de cuestionar
si nos gustan los hombres o las mujeres,
si dejáramos de preguntarnos si un gay
nace o se hace, podríamos disfrutar
plenamente de nuestra sexualidad, con
hombres o con mujeres, sin necesidad de
pegarnos pesadas etiquetas que nunca en
la vida podremos quitarnos, y no solo
comprobar que los bisexuales sí existen,
sino que todos los somos.
Hasta la próxima.
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