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Un rosa mexicano: La utopía de la paternidad selectiva |
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Septiembre 17
2011 | Daniel Cortés |
La semana pasada, regresábamos a casa
del teatro en un colectivo del
transporte público. Eran como las 9 de
la noche, hora en que mucha gente sale
de trabajar. Esta ruta del colectivo iba
hacia la periferia de la ciudad, y
aunque no me gusta discriminar, iba
repleto de personas de escasos recursos,
sudorosos, olorosos y sucios. Y sin
embargo, no era su apariencia o su
aspecto lo que me molestaba de ellos,
sino que apenas arrancó el camión (como
le decimos acá al colectivo), el hombre
y líder del grupo que venía rodeándonos
sacó una cerveza tamaño familiar
(nosotros les decimos caguamas, en
México) y empezaron a tomar, en pleno
transporte público y a la vista de
todos, sin ninguna pena.
De por sí esto ya era alarmante, cuando
un rato después se bajó uno de sus
acompañantes y el hombre que sacó la
cerveza llamó desde el otro extremo del
camión a su mujer, que traía un niño en
brazos, menos de un año tendría el
pobre, iba con toda la carita sucia,
lleno de mocos y baba seca, sus ropitas
manchadas y roídas por el uso. La
muchacha visiblemente más joven y
fastidiada de tener que cargar al niño,
y el padre sin ninguna consideración,
cuando el bebé empieza a quejarse, abre
una de las paletas que llevaba para
vender y se la mete en la boca, listo,
problema resuelto.
Y no me hubiera impactado tanto de no
haber sido porque he visto este mismo
caso, y otros peores, con anterioridad,
y no solo eso, sino que lo veo todos los
días, cada vez que salgo a la calle, y
me doy cuenta que muy pocos de los que
ahora son padres tienen las capacidades
intelectuales y emocionales para educar
personas que puedan convertirse en
ciudadanos responsables y honestos; y
muchos de ellos, desgraciadamente, ponen
el grito en el cielo cuando les hablas
de homoparentalidad o de adopción gay,
como se le conoce aquí en los medios.
Porque, por supuesto, es mucho peor que
un niño crezca educado por un par de
maricas, por más amorosos que sean, que
por una madre adolescente y un padre
drogadicto; es mucho peor que sea
educado en un ambiente abierto a la
diversidad de ideas y a la igualdad que
en el seno de una familia conservadora
que le inculcará valores de intolerancia
y homofobia, poniendo al pobre niño a
temblar si tan solo piensa qué pasaría
si fuera gay.
Y es que tener la posibilidad de
reproducirse no significa, siempre lo he
dicho, que tengas la obligación de
hacerlo. Para empezar, ya somos
demasiadas personas en el mundo, y con
tantos niños huérfanos a razón de la
crisis y la violencia por el
narcotráfico que hay en mi país, no le
veo el caso que la inmensa mayoría de
las parejas heterosexuales tengan la
idea de que sin hijos, no son familias
completas, y que los deben de tener
porque esa es la costumbre, o porque
quién los cuidará en la vejez.
Le decía a una amiga ayer, que yo llevo
un dictador con tintes fascistas en
potencia, oculto en el fondo de mi ser
(o quizá no tan en el fondo), que sería
muy feliz si a las personas, para
reproducirse, se les hicieran todas las
pruebas que le hacen a una pareja gay
para adoptar (psicológicas,
socioeconómicas, psicométricas,
etcétera), y que de no pasarlas, ¡zas!
Esterilización forzada. Suerte que no
busco el poder, ¿verdad?
Aunque ya en serio, sí comparto la idea
de que no hay necesidad de traer tanto
niño al mundo, pero no por eso descarto
completamente la posibilidad de ser
padre. Eso sí, si lo fuera, sería por
adopción, no por otro método, y
aprovechar así la oportunidad que muchos
dejan pasar, aunque tengan la
posibilidad frente a sus narices, de
educar a una persona noble, con valores
y principios de respeto, tolerancia y
razón.
Hasta la próxima.
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